
El blasón de la ciudad es un barco. Su lema “fluctuat nec mergitur” : zozobra, pero no naufraga, augura su perennidad, refrendada por más de dos mil años de historia. En el año 52 antes de Cristo, los romanos le dan un nuevo esplendor a Lutecia. La ciudad gala se mantiene en la Isla de la Cité, mientras que en la orilla izquierda del río se eleva una nueva ciudad romana. Lutecia se convierte en París en el año 361.
En 508, una vez que es el amo de Galia y se convierte al cristianismo, Clodoveo, elige a París como la capital de su reino. El ascenso al trono de los Capetos da una vez más a París su rango de capital y vuelve a dorar sus blasones. El obispo Sully inicia en 1163 la construcción de la catedral de Notre-Dame. El arte y la civilización de la Edad Media alcanzan su apogeo con Luis XI quien continúa la construcción de Notre-Dame, manda construir la Sainte Chapelle y la iglesia de San Germain des Près. La organización de París es obra de los reyes: Francisco Primero comienza la reconstrucción del Louvre, manda edificar el Hotel de Ville y el Colegio de Francia.
En 1594, Enrique IV continúa las obras en las Tullerías y en el Louvre, termina el Pont Neuf y la Plaza Dauphine, manda construir la Plaza des Vosges. Es en la capital donde estallará la Revolución con la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789. Napoleón edifica grandes monumentos: el Pont d’Ièna, el Arco del Triunfo del Carrusel, el Arco del Triunfo de la Estrella, la Madeleine y la Bourse, convirtiendo a París en la capital de su imperio.